Por Andrea Campillay
Cuando a Cazú Zegers le llegó el momento de entrar a la universidad, mantenía un amplio espectro de intereses, en su mayoría relacionados con las humanidades, la filosofía y el arte. “Nunca me interesó la arquitectura porque encontraba que no era lo mío, (…) tenía hambre de conocimiento, de cómo podía entender el sentido de existir en el planeta”, recuerda la arquitecta acreedora de reconocimientos como el Grand Prix de Versalles, el Premio National Geographic Unique Lodge of the World y el Gran Premio Latinoamericano de Arquitectura.
“Nunca me interesó la arquitectura porque encontraba que no era lo mío”.
En aquella época su madre no vivía en Chile, pero la visitaba cada cierto tiempo. Y en uno de sus encuentros la llevó a conocer a la pintora y artista visual Tatiana Álamos, quien le sugirió que si quería entrar al mundo del arte la mejor puerta era la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso. Fue la única postulación que hizo, aunque reconoce que entró con la idea de estudiar diseño desde el segundo año, porque el primero era de plan común.
Pasaron dos meses y se encontró con Godofredo Lommi -un poeta e importante profesor de esa universidad-, quien le contó sobre la épica en la que está cimentada la Facultad de Arquitectura de esa casa de estudios. Él, de cierta manera, fue una brújula en su camino: “Después de todo lo que me contó dije: ‘Voy a ser arquitecta’. Godo se volvió, por supuesto, mi padre espiritual durante los años de carrera, fue esencial en ayudarme a ser la arquitecta que soy”, recuerda con cariño.
Al tercer año de carrera, Cazú sufrió una crisis nerviosa y le recetaron medicamentos, pero su espíritu aventurero la llevó a encontrar otra solución: “Tenía una Honda 70 para ir a la escuela, me puse a dar vueltas por una pista y me di cuenta de que la moto me sacaba esta energía negra”, cuenta. Luego, decidió venderla y se compró una moto fundida para hacer motocross: la reparó, se inscribió en el Moto Club de la comuna y comenzó a correr en las pistas locales. “A los seis meses ya estaba sana y me sentía inmortal. Entrenaba con el equipo de rugby infantil de la Católica, tenía bíceps, tríceps, me sentía una mujer poderosa”, recuerda sobre aquella época.

Viajes de transformación y crecimiento
Cazú cuenta que su pareja de entonces, Cristián de Amesti, comenzó a acompañarla a las competencias y le advirtió que no estaba midiendo los riesgos de la actividad que realizaba. Por eso, le propuso vender la moto de carreras y comprar otra para recorrer el país. A Cazú le encantó la idea y ese fue el inicio de uno de los tres viajes que realizaron. “Recorrimos desde Arica hasta Tierra del Fuego off road, porque eran motos fuera de terreno. Era un Chile vernáculo, predesarrollo, donde había muy pocos lugares donde quedarse y los hoteles que había tampoco los podíamos pagar porque éramos universitarios”, detalla, y hace énfasis en que esta experiencia fue determinante para sus obras posteriores.
“Lo que hago implica entrar siempre en diálogo con el paisaje”.
“En esos viajes el territorio se me metió en el cuerpo y, de alguna manera, también me han hecho ser la arquitecta que soy. Lo que hago implica entrar siempre en diálogo con el paisaje, de manera respetuosa y entendiendo que el gran valor de Chile está en su territorio, su paisaje y sus comunidades habitando poéticamente”, acota.
La autodefinida artista, que usa como soporte a la arquitectura, también recuerda un viaje que realizó en yate desde Caleta Higuerillas hasta Jamaica: “Fue un momento de entrar en lo desconocido y abrirse al mundo”, a lo que añade una experiencia espiritual o una especie de “sueño metafísico”, cuando, asegura, se le apareció la virgen -pese a que no es católica- lo que la hizo reflexionar sobre la importancia de “escuchar la voz interior” y encontrar un propósito en el quehacer, algo que considera muy necesario para los agitados tiempos de hoy.
Una de sus obras más reconocidas y galardonadas es el Hotel Tierra Patagonia, cuya infraestructura también se vincula con un viaje previo que había realizado al lugar antes de que éste fuera declarado parque nacional, en el cual debió acampar en la mitad de la pampa. “El viento de la Patagonia, cuando es fuerte, te obliga a ir muy inclinado cuando vas en moto, entonces uno aprende a bailar con ese viento”, dice Zegers sobre la experiencia que inspiró el diseño de ese edificio que choca contra el viento y genera un vacío para que niños y personas mayores puedan entrar en él de forma más fácil.

Fotografía: Cristóbal Palma

Fotografía: Cristóbal Palma
Lo mejor está por venir
“En este último tercio de la vida, a mí lo que me interesa es dónde pongo la energía”, dice la arquitecta y confiesa que lleva un largo período de reflexión tratando de descifrar lo que viene y “cómo hacer para realmente dejar un legado a las generaciones futuras y aportar con un granito de arena a construir una mejor sociedad”. Esta inquietud la persigue desde hace varios años y por eso creó la Fundación +1000, un centro de “estudio geopoético”, como ella la define, que busca impulsar el turismo deportivo, cultural y de aventura para posicionar a Chile como un referente en turismo de conservación.
“Mis mejores obras aún no se han hecho”
Hoy, al verse constantemente viviendo en una apretada agenda, reconoce que el tiempo se ha convertido en un verdadero lujo y por eso, en medio de su búsqueda espiritual, logró establecer lo que define como “el lujo de lo esencial”, que para ella “son las experiencias, los vínculos y la conexión con los otros, y también los espacios de vacío y de silencio para poder conquistar tu propia libertad”.
Esos espacios, dice, son claves para pensar en el futuro. “Mis mejores obras aún no se han hecho”, asegura Cazú, al pensar en los próximos hitos de su carrera profesional.

Fotografía: Marcos Zegers
