Hacer del arte su vocación es algo que nunca estuvo en los pensamientos de niño del hoy destacado pintor chileno Guillermo Lorca, sino que más bien respondió a un instinto. Bajo la mirada del artista, el camino del éxito requiere apuntar a lograr todo “a lo grande” y evaluar qué medidas o sacrificios son necesarios para esto.
Su nombre y su arte se hicieron conocidos masivamente en julio de 2010, cuando inauguró la exposición “Rostros del Bicentenario”, una serie de seis retratos gigantes que se instalaron en la estación Baquedano del Metro de Santiago. Guillermo Lorca tenía 26 años y era el artista más joven en exponer en los muros del tren subterráneo, presentando frente a miles de capitalinos su obra, que él define como realista, a secas.
Su vida, sin embargo, no estaba planeada con un hito de ese tipo. Siempre pensó que iba a vivir una vida más tradicional, más tranquila, cuenta. En el momento en que tomó la decisión de entrar a estudiar arte, esta “fue algo instintiva, no estaba 100% seguro, tampoco entendía mucho lo de la carrera de arte en ese momento”, confiesa el pintor.
Luego de un período de fanatismo con el tenis en el que incluso tuvo el sueño de dedicarse al deporte -lo que descartó tras algunas lesiones-, recuerda que, si bien desde niño nunca dejó de dibujar, a los 16 años comenzó a hacerlo con más atención. “Mejoré mucho, muy rápido, entonces simplemente me puse la meta de concentrarme y terminar algo de una forma distinta a como lo hacía antes y, para mi sorpresa, fue como un mejor resultado de lo que creía”, dice. Su conexión con la pintura venía desde mucho antes: a los ocho años ya dibujaba y durante un tiempo pintó junto a su mamá -quien es escritora y con quien compartía ese hobby- en un taller improvisado que tenía en casa.
“Me acuerdo del olor a óleo, los libros, las ganas también de pintar una pintura de dinosaurios, que era lo que me gustaba en esa época, y mi mamá me entusiasmaba al respecto”, reflexiona Lorca sobre sus recuerdos infantiles que, asegura, se relacionan también con la decisión de dedicarse a la pintura: “Había algo de eso, de volver a ese sentimiento como mágico, misterioso que de alguna forma llegaba cuando me comunicaba con este mundo interno”.
Como parte de su personalidad, definió que el sueño era “lograr todo a lo grande”, algo que se vincula con un lado un poco “obsesivo” que reconoce tener y que lo llevó a analizar qué cosas se podían lograr, cuáles no y qué había que sacrificar para cumplirlas. En ese sentido, asegura que “dar el paso, enfocarse y tratar de llegar más arriba implica no tanto más sacrificio que trabajar duro”. Y, pese a que fundamenta que el nivel de conformidad con el éxito es una adaptación del ser humano -porque se puede llegar a una meta, estar feliz un momento y después bajar- resalta que sí logra sentirse agradecido cuando frena un poco la cabeza. “Mientras tanto, sigo insistiendo y pujando para tratar de siempre mejorar”, complementa el artista.
En ese camino, dice, los avances no son mejoras necesariamente técnicas, ni que tengan una meta específica. “Uno podría decir: de aquí a diez años quiero llegar a tal lado, pero eso sería solo a nivel del negocio del arte, no del arte en sí mismo”, afirma, pues aunque se trate de un mercado de nicho, a sus ojos, al adquirir una pieza “es como que te quedas con un pedazo, simbólicamente, del alma del artista”.
Por lo mismo, considera que el éxito se trata de tener perspectiva de visión, de querer lograrlo, de atreverse a tenerlo todo. Elementos que rescata de una experiencia de cuando jugaba tenis y debió enfrentar a un rival que tenía un ranking más alto que él: se puso nervioso y perdió. “Era como que si le ganaba me iba a transformar en otra persona, transformarme ahora en esto que yo todavía tenía muy arriba”, recuerda, y apunta que siempre hacer un cambio muy importante a nivel de éxito “pega un subidón fuerte”, pero también trae un componente donde “sientes que dejas de ser tú” en tu conversación contigo mismo.

Romper el cascarón
El inicio de sus estudios de arte en la universidad fue un período complicado. “Tenía desavenencia en varios aspectos y no estaba logrando tampoco mis objetivos técnicos, pero al mismo tiempo, era interesante que me mostrara un mundo que yo no conocía”, recuerda Lorca. Pese a esto, decidió seguir pintando e insistiendo, hasta que “de repente me volví el alumno del cuatro”, recuerda entre risas sobre un hecho que le pareció muy curioso, pues aunque no había sido el mejor de su curso en el colegio, siempre había mantenido un buen promedio a nivel general.
Mientras se encontraba con su propia rebeldía y las ganas de hacer las cosas de forma distinta en el ámbito académico, tuvo la oportunidad de pintar un mural de 45 metros de largo en la viña Tabalí. “La decoradora Paula Gutiérrez, que es muy amiga de mi tía Cecilia García-Huidobro, vio un cuadro mío que mi tía tenía en su casa y sorprendida le dice ‘¿qué edad tiene?’, y en ese momento tenía 20 años”, relata el pintor.
En aquel entonces, Paula estaba organizando la decoración de la viña y decidió apostar por el talento de Guillermo. “No tenía idea cómo hacerlo así que tuve que improvisar, estaba totalmente perdido, pero vi que existía esa oportunidad y la tomé de todas formas, y eso sí fue un cambio importante”, comenta el pintor. “Hay que tratar de tomar las oportunidades cuando aparecen, porque no necesariamente se van a repetir”, complementa. De esta experiencia, derivaron sus primeras apariciones en prensa y su primera exposición en la Galería Matthei.
Para Lorca, pintar el mural fue una especie de ruptura de la primera barrera emocional de encontrarse con el mundo del arte a nivel profesional. Posteriormente, fue discípulo del consagrado pintor Odd Nerdrum, en Noruega, siendo el único latinoamericano seleccionado por el artista en su trayectoria como maestro de pintores, y al regresar a Chile continuó con proyectos destacados como el que presentó en el Metro y una exposición en el Museo de Bellas Artes en el 2014. Luego de eso ha tenido experiencias internacionales en países como México, Corea y España.
Ahora está explorando nuevas temáticas para trabajar. “Hay historias que me están dando vueltas, que estoy pintando ahora también, en relación a las decapitaciones. Especialmente, la más clásica sería la de la Biblia, la decapitación de San Juan, pero también está en la Biblia la de Judith y Holofernes, la decapitación de Medusa. Todas esas cosas, de la persona levantando el acto mismo, me interesan, pero lo estoy girando de forma bastante distinta a la forma clásica”, cuenta. Y es que, aunque al pensar en los lujos que le ofrece dedicarse a la pintura Lorca nombra principalmente la libertad de moverse, de improvisar viajes, de no tener plan, en lo que se refiere al arte cree que se trata de “un lujo más místico”, vinculado a la historia y a la carga simbólica de cada pieza.


